Autor

Alberto Schommer

Descripción

Levitación de la infanta

Año

2001

Fuente

© Fundación Alberto Schommer, VEGAP, Madrid, 2019

El fotógrafo de los retratos psicológicos

En la década de los cincuenta realizó sus primeras composiciones, alejadas del pictorialismo tardío que imperaba en ese momento en España  —los fotógrafos pictorialistas piensan que la fotografía interpreta la realidad, una realidad que está en su imaginario: eliminan elementos, juegan con las luces, exageran los colores. De modo que la esencia de la fotografía queda a su mínima expresión —. Aunque inició su carrera como pintor, siempre tuvo muy presente que la fotografía era la técnica con la que quería contar la realidad, motivo por el cual acabó abandonando definitivamente la pintura. Schommer pasará a la historia por sus retratos psicológicos. Frente a su cámara posaron banqueros, ministros, pintores, cantantes, escritores, personas poderosas. En esencia los retratos eran simples: primer plano mirando a la cámara. Pero introducía un elemento que le hizo único en este arte, el empleo de ‘las máscaras’ —la luz cenital que empleaba daba como resultado rostros misteriosos—. Su flash de estudio, único en España, lo mandó construir a la marca Strobe de Inglaterra. Necesitó un permiso especial de importación, que consiguió echando mano de las influencias. Con este artefacto conseguía una luz inimitable. A su imponente estudio en la calle Zurbano llegaban, en coche con chófer y guardaespaldas, los elegidos. Con cierta solemnidad sentaba a cada invitado en el mismo taburete. La cámara y el flash permanecían por meses en la misma posición. Diafragma f 22, era siempre el mismo, para que la luz diera el mismo resultado. En la década de los cincuenta realizó sus primeras composiciones, alejadas del pictorialismo tardío que imperaba en ese momento en España —los fotógrafos pictorialistas piensan que la fotografía interpreta la realidad, una realidad que está en su imaginario: eliminan elementos, juegan con las luces, exageran los colores. De modo que la esencia de la fotografía queda a su mínima expresión —. Aunque inició su carrera como pintor, siempre tuvo muy presente que la fotografía era la técnica con la que quería contar la realidad, motivo por el cual acabó abandonando definitivamente la pintura. Schommer pasará a la historia por sus retratos psicológicos. Frente a su cámara posaron banqueros, ministros, pintores, cantantes, escritores, personas poderosas. En esencia los retratos eran simples: primer plano mirando a la cámara. Pero introducía un elemento que le hizo único en este arte, el empleo de ‘las máscaras’ —la luz cenital que empleaba daba como resultado rostros misteriosos—. Su flash de estudio, único en España, lo mandó construir a la marca Strobe de Inglaterra. Necesitó un permiso especial de importación, que consiguió echando mano de las influencias. Con este artefacto conseguía una luz inimitable. A su imponente estudio en la calle Zurbano llegaban, en coche con chófer y guardaespaldas, los elegidos. Con cierta solemnidad sentaba a cada invitado en el mismo taburete. La cámara y el flash permanecían por meses en la misma posición. Diafragma f 22, era siempre el mismo, para que la luz diera el mismo resultado. La técnica con la que tantos elogios consiguió, también fue motivo de quebradero de cabeza para Schommer. Cuando comenzaron a publicarse las imágenes en El País Semanal, muchos de los protagonistas se sintieron incómodos por el aspecto misterioso y siniestro que mostraban los retratos de Schommer. Los poderosos no querían mostrar su lado oscuro. Las protestas se sucedían cada semana, cuando le tocaba al personaje de turno pasar por el taburete.

Un caballero de otra época, motivado por las nuevas tecnologías

El fotógrafo Martín Sampedro supuso una tabla de salvación para Schommer. En pleno revuelo recibió un encargo especial: la esposa de Emilio Botín, Paloma O´Shea. En una época en la que no estaba de moda ni la cirugía estética, ni el photoshop, la única solución para salvar el rostro de la dama fue el retoque que hizo Sampedro a la imagen, logrando recuperar la luz de la mirada y suavizar los signos más llamativos de la edad. El resultado fue la felicitación de Polanco.
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